jueves, 09 septiembre 2010 13:29:19
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Por un nuevo modelo productivo
Autor: Roberto Velasco / Catedrático de Economía Aplicada en la Universidad del País Vasco / EHU
Publicado el 22/06/2010 9:40:14

El modelo productivo de las naciones está constituido en todo momento por conocimientos, sistemas tecnológicos, instituciones y actividades generadoras de bienes y servicios. Las principales consecuencias de estos modelos de cara a la mejora del nivel de vida de los ciudadanos tienen que ver con el concepto de productividad; hasta tal punto que hay autores, como Paul Krugman, convencidos de que “explicar las grandes diferencias que existen entre los niveles de vida de todo el mundo es, en cierto sentido, muy fácil y puede resumirse en una sola palabra: productividad”. Por ello, el cambio de modelo es, cuando resulta conveniente, uno de esos asuntos que se consideran “de Estado” y lo peor que pueden hacer los dirigentes políticos es aplazar sine die su puesta en marcha, dado que, igual que en otros ámbitos de la política económica, es preferible hacerlo regular (y hasta mal) que no hacer nada, dado el enorme sobrecoste de la no reforma.

Pero vayamos por partes. En primer lugar, ¿quiénes son, o deben ser, los protagonistas de un cambio de modelo productivo? ¿Gobiernos o agentes sociales? En una democracia industrial avanzada parece claro que el cambio debe afrontarse con un amplio consenso, aunque fuera de mínimos, entre otras cosas porque el modelo que se considera obsoleto se fue asentando como consecuencia de miles y miles de decisiones de todos los agentes, privados y públicos; decisiones que se fueron adoptando a lo largo de muchos años, bastantes de ellas de manera inconsciente. Por todo ello, el cambio ordenado de modelo no es un asunto sencillo y reclama el liderazgo compartido de los poderes públicos y los agentes sociales.

Cabe también un comentario sobre el tempo de creación del modelo productivo, los plazos necesarios para su puesta en marcha y culminación. En este caso la unanimidad es casi total: el cambio de paradigma tecnoeconómico en que se resume todo modelo de esta naturaleza no se improvisa ni puede implantarse mediante una Ley; su materialización requiere tiempo, que algunos estiman próximo a una década: la economía no es una máquina de bebidas donde se aprieta un botón y sale un refresco.

La crisis financiera mundial que se inició en 2008 está exigiendo respuestas fulminantes de los dirigentes políticos y sociales, especialmente en países como España que han sido sorprendidos con unas economías sustentadas en modelos productivos débiles y, por tanto, precarios. En estas circunstancias, esperar que los países económicamente fuertes de Europa nos saquen del ostracismo actual, o confiar en que sean el repunte del consumo y la recuperación del sector de la vivienda quienes acudan al rescate de la economía española, supone apostar por ir de cabeza hacia la siguiente crisis o, casi peor, por no salir en muchos años de la actual. En consecuencia, los principales analistas de la economía española vienen proclamando hace tiempo la necesidad de cambiar su modelo productivo, demasiado centrado los últimos años en la construcción residencial y en el uso intensivo de mano de obra de baja cualificación; una necesidad que la actual crisis ha convertido en urgencia y en reclamación muy compartida socialmente, independientemente de las medidas de ajuste que reclaman la situación de las cuentas públicas y la atonía coyuntural.

El actual modelo productivo español debe ser sustituido por otro que nos permita aumentar la productividad y mejorar la competitividad internacional, tan deteriorada en los últimos tiempos. Los objetivos clave del nuevo modelo deben ser la innovación, el conocimiento, la internacionalización y la sostenibilidad, mientras que el sector industrial y los servicios a la industria se presentan como los pilares más firmes sobre los que asentar el futuro patrón de crecimiento, dadas sus capacidades de absorción y difusión de tecnologías y métodos a los demás sectores de la economía. Otros sectores de futuro que deberían contar con el apoyo de las políticas públicas son los directamente relacionados con las tecnologías de la información y comunicación (servicios sociales, turismo de calidad, etc.), con las llamadas industrias de la ciencia (biociencias, nanociencias) o con las energías renovables, sector este último donde España ha adquirido ya ventajas competitivas.

Asociadas a la configuración de un nuevo modelo productivo están las reformas estructurales que la sociedad española viene demandando hace años, especialmente las del sistema educativo y mercado de trabajo. El actual sistema educativo no satisface las necesidades de las empresas, existiendo un grave desajuste que es preciso eliminar, tanto en la enseñanza universitaria como en la formación profesional de trabajadores y empresarios. Por su parte, el mercado de trabajo necesita una reforma en profundidad que le homologue en muchas materias (contratación, negociación colectiva, servicios de empleo, intervención administrativa) con los modelos existentes en los países avanzados de nuestro entorno, mucho más impulsores de la flexibilidad dentro de las empresas. La reforma laboral debe contribuir también a reducir la segmentación de plantilla entre trabajadores fijos y temporales, con el propósito de mejorar la actividad innovadora, que debe estar siempre presente, junto a las ganancias de productividad, en la negociación colectiva. Se trata, en definitiva, de reformas imprescindibles para modular el futuro de nuestra economía y no están las cosas para perder más tiempo.